Convencido que el éxtasis era una frontera franqueable, elucubraba diez mil maneras perversas de embutir de concupiscencia su cuerpo: duct tape, electrodos o hasta desollarse ambos entre lo más ingenuo, elucubraba nomás.

No pasaría mucho antes que ella, gentilmente, confesara desagrado por la práctica de jalar su cabellera en los estertores de la cópula. 

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