Convencido que el éxtasis era una frontera franqueable, elucubraba diez mil maneras perversas de embutir de concupiscencia su cuerpo: duct tape, electrodos o hasta desollarse ambos entre lo más ingenuo, elucubraba nomás.

No pasaría mucho antes que ella, gentilmente, confesara desagrado por la práctica de jalar su cabellera en los estertores de la cópula. 

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Asfixiarte con tu saliva, contraer pupilas, rascar una nueva comisura en la sien, un suspiro y mil remilgos acompañarían una expedición al rescoldo, por sus precedentes, ya rutinario

Como en la película

peleábamos la nada más grande

de la historia.

Un amargo nudo,

eternizado

de la garganta

a los dedos.

Una república soberana, personal e independiente; un palacete de naipes en el hipotálamo.

Volver a ser la república que ni en sueño fuimos.

Vigilias de execrable desvivir

en una república sin sentido