Mil veces

Pluma en mano, en el somnus aeternitatis, empuñamos una barra metálica, creciente- incandescente a extremos, augurando contacto.

Yang
Y tus subsecuentes labios de coral y mis inanes votos de mutismo, que no anulan tentaciones fugaces de entelequia y contingencias de caduca oxitocina.

Te dibujé por dentro, creo.

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